MINERVA EN LILITH/ en defensa del resentimiento
El búho de Minerva alza su vuelo al atardecer
Hegel
Como la serpiente al suelo/ yo acaricio y vos pisás
Ferro
Símbolos
Minerva tiene ojos de Lechuza con los que penetra en la oscuridad de la noche. Es capaz de distinguir las formas en lo oscuro, de encontrar nitidez en la opacidad. Minerva la sensata, la poseedora de una sabiduría juiciosa pero también estratégica (medio manipuladora, capaz…) Minerva de ojos que ven a través de las difusas sombras de lo real. Pero cuando lo real está consumado. Ojos de ave nocturna, que caza cuando la jornada ya dejó impresas sus formas, vuela a través de lo quieto con mirada alucinada, insomne. Lo quieto puede fácilmente hacerse dominio, algo a controlar para uso y beneficio.
Lilith es la indómita hembra que no obedece el mandato de una vida pura y contemplativa, y se entrega a entretejer su cuerpo con el cuerpo del mundo. Se abre al deseo. Quien se abre al deseo, se abre al dolor. Lilith es el viento tempestuoso al que no es posible sustraerse. Arrasa y devora. También ave nocturna, también lechuza, pero no juiciosa sino hechicera. El terror a su poder ha llevado a asociarla con la serpiente infernal que arruinó la estancia humana en el paraíso. Una Lilith que ya no vuela sino que se arrastra (¿La serpiente se arrastra o acaricia?) soporta en su cuerpo los temblores del mundo. Sabe por contacto. Sabe por el vientre y por la lengua. (¿Se arrastra o acaricia?)
A veces la lechuza caza a la serpiente. A veces la serpiente devora los huevos de la lechuza.
Pensamientos
El sentido original de los términos no es necesariamente el verdadero, pero se guarda como sentido íntimo, latiendo como el sustrato de las capas de nuevos sentidos que el uso va sedimentando.
El resentimiento que masculla y mira de reojo, que se somete mientras anida fantasías de revancha, guarda en su centro íntimo un dolor, una injuria indisoluble. Un sufrimiento que persiste, espina envenenada en el centro de la espalda, donde no llegan las propias manos. No se siente una vez, sino otra, y otra, y otra, con una intensidad que el veneno renueva, y no deja siquiera que se vuelva fondo imperceptible. El veneno reorganiza la mirada volviéndola ladina, encoge el cuerpo, envilece el ánimo, cierra la escucha y vuelve al ser sufriente alguien cerrado en sí, incapaz de abrirse y abrazar. Todo lo filtra la espina envenenada.
Pero a la vez, una lucidez rabiosa. Una capacidad de atención descomunal ¿Algo nos mantiene más despiertas que el dolor, que la incomodidad, que el desajuste, que el peligro?
El muy resentido Nietzsche abominaba del resentimiento y lo denunciaba como la matriz de una moral de esclavos, poniendo el acento en su efecto envilecedor, empequeñecedor. Luchó furiosamente por resolver su notable capacidad de sufrimiento en una moral aristocrática, un engrandecimiento del ánimo-cuerpo que ubicara la vida muy por encima de la propia herida. No quedarse fijado en el agravio. Ser más. Luchó así, hasta romperse contra los riscos de la locura.
Por fuera de una vida que realmente paga el precio de sostener una posición semejante, esta consideración del resentimiento se vuelve una estetización abstracta. Un buenismo que adhiere a una configuración de valores nobles, sin advertir ni explicitar que puede hacerlo por estar material y afectivamente a salvo. El buenismo produce y reproduce una violencia de la que luego se escandaliza: Exige cagar flores a quienes comen mierda.
Abrazando, en cambio, todas las dimensiones de nuestra existencia, tal como se da y no como idealmente debería darse, el resentimiento nos propone una tarea: la de pensar desde una conciencia crítica nacida de un dolor persistente, una violencia estructural que se oculta precisamente en la universalidad de los discursos filosóficos, humanistas, o éticamente pulidos, que hipertrofian su expertis discursiva en el desarrollo de idealizaciones altruistas, pero atrofian sus destrezas vinculares concretas. Lo que Nietzsche denuncia como moral de esclavos puede pensarse como una ética vivida de quienes cuidan, quienes sostienen, quienes no pueden permitirse el lujo de "superar" lo que no se ha resuelto.
Es tan evidente que da pudor decirlo: despreciar el resentimiento sólo lo alimenta. Dejar hablar al odio, dejar que la angustia rompa en llanto, que lo monstruoso no sea menospreciado. Abrazar la vida entera, en todas sus dimensiones. Los discursos aristocratizantes de superación dejan sin reparar lo que buscan superar. Abandonan. Para maestrizar el sufrimiento, es necesario permitir que el sufrimiento se vuelva maestro. El buenismo que exige elevarse pero despreciando el arrastrarse olvida el fundamento material (maternal) de nuestra existencia humana: no hay humanidad sin cuidado. Pasamos años de indefensión extrema antes de valernos por nosotras y nosotros mismos. Y aun cuando lo logramos, existimos siempre en vínculo. Nos necesitamos. Es precisa una mano ajena para quitar la espina del centro de la espalda.
Si damos por perdidos a los resentidos, si nos avergonzamos de nuestros propios resentimientos, sólo obtendremos una bondad careta, una belleza de pureza fascista, una verdad de los privilegiados. Hundirse en el infierno del resentimiento, de esa herida que permanece abierta, para volverla boca de grito que devuelve al mundo la verdad de su daño. Ahí el resentimiento se vuelve vínculo que pide un doble movimiento: una mano que arranque la espina, una mirada que admire las dimensiones abismales de una atención que pueda volverse puro amor. No el amor indolente del buenismo: el amor intenso del sobreviviente.
Mitos
Contémoslo así. Lilith, desterrada del Edén por insumisa, conoce íntimamente los tormentos de la existencia ¿Qué otra cosa es copular con los demonios? Vuelve al paraíso no a tentar, sino a ofrecer el don de la compasión. Vuelve reptando: atraviesa el suelo palmo a palmo, sensible a cada minúscula perturbación ¿Se arrastra o acaricia? Heine dice: tu paraíso no era verdadero, había árboles prohibidos. Yo digo: tu paraíso no era verdadero, era un barrio privado. Había un afuera, un fuera de campo plagado de demonios, de tormento, de caídas. Adán y Eva despiertan por la serpiente al dolor del mundo, al veneno y la mancha. Y se abren así a la posibilidad de una sabiduría que sólo el dolor puede atravesar. Sólo quien atraviesa el dolor, quien baja a sus propios infiernos (o acompaña a alguien en su viaje), puede obtener, no para sí, sino para darla, la sabiduría de la herida que otorga el don de la sanación. La serpiente vuelve resentida, es decir, pasando una y otra vez por su herida. Se arrastra por la tierra tajante, que la hiende. Es ese cuerpo abierto, hediondo, escalofriante, el que es capaz de albergar las roturas. El verdadero ángel tiene forma monstruosa y trae un bien que conoce el veneno, una belleza que desenmascara las reglas de los perfectos, una verdad que alumbra a todas las existencias: todos los frutos están permitidos. Toda la tierra es el edén.
La altanera lechuza que planea sobre sus dominios -el orden de las puras formas- ha de dejarse devorar, de cuando en cuando, por la serpiente, para abrir su mirada alucinada, insomne, desde lo abisal de la vida, y dejarse guiar por el suelo, palmo a palmo, sintiendo todas las pisadas, todas las caídas, todos los temblores. Minerva en Lilith, para aprender a cuidar.
Piedra
invierno de 2025
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